Fordstable: historia de una ciudad americana (y VII)

Puedes encontrar la historia de Fordstable desde su establecimiento como un puesto avanzado maderero aquí y su posterior consolidación como la gran ciudad de West Sylvania aquí. Los hermosos años de la City Beautiful que la embellecieron se cuentan aquí  pero pronto llegaron las ideas modernas racionalistas y sus frutos se pueden leer aquí. Y con ello la ciudad se extendió como una mancha de aceite hacia los suburbios, aquí, lo cual llevó ineviatablemente a la segregación y a la rotura del tejido social que narramos aquí

 

CAPÍTULO VII – MUERTE Y VIDA DE UNA GRAN CIUDAD

LA CAÍDA DE PARROT-INGERS

 

Durante mucho tiempo varias asociaciones de Fordstable habían estado trabajando duramente. Su objetivo era dotar a la ciudad de un gran parque y monumento conmemorativo a la fundación de la ciudad y a su papel en la colonización del territorio nativo hacía más de un siglo.

Proyecto ganador del concurso para el monumento conmemorativo

Llevó casi veintiséis años conseguir la financiación necesaria para comprar las parcelas, reunirlas en un parque junto al río, dotar un premio para un gran concurso arquitectónico y empezar el proyecto. Ahora que por fin el enorme hito empezaba a despuntar en el horizonte sentían que había merecido la pena. Y sin embargo desde los andamios más altos podía verse, también en construcción, el que acabaría siendo el mayor fracaso en la historia del urbanismo moderno de Fordstable: El Wester Parrot Homes & Wallace Inger Apartments, conocido desde el principio como Parrot-Inger.

El proyecto original de Parrot-Ingers, muchas veces recortado y simplificado durante su construcción

El proyecto tenía, sobre el papel, todo lo necesario para ser un éxito. Todo un barrio de viviendas en 35 edificios de entre 11 y 15 plantas, decenas de apartamentos para la creciente población, destinados a clase media blanca y negra, con todas las amenidades esperables en el siglo XX, desde cocinas completamente equipadas, fontanería de última tecnología, dormitorios individuales para todos los miembros de la familia… Condiciones que aún muchos en la ciudad no podían ni soñar cuando se empezó a construir, especialmente en los degradados barrios negros como New Prague. El gobierno Federal ha provisto generosos fondos, no es en absoluto vivienda de mala calidad, y de hecho terminará siendo más cara que muchos otros edificios.

Y sin embargo aquí estamos, veinte años después de que el primer piso fuese ocupado, esperando detrás de una valla de seguridad a que los operarios presionen el botón. Parrot-Inger va a ser demolido hasta los cimientos, entero, y ninguno de los testigos parece lamentarlo.

Lo cierto es que el barrio de Parrot-Igoe tiene una fama terrible que se extiende por todo el país. La mitad de sus edificios hace años que están tapiados y en los restantes se acumulan los residuos y los restos de ventanas rotas. Las pandillas dominan el descuidado espacio público lleno de coches incendiados, ladrillos y basura. Los delitos son parte de la vida diaria y sólo cuando llegan al grado del asesinato son comentados por sus vecinos. Pero… ¿Qué ha pasado aquí?

Todos coinciden en sus conclusiones: el barrio estaba condenado desde el principio, pero el diagnóstico difiere. Cada uno trata de llevar el ascua a su sardina: que si la vivienda pública es una chapuza comunistoide que no puede funcionar, que si la población, compuesta mayormente por negros, es tan estúpida, primitiva y falta de educación que arruinan todo lo que tocan, que si la culpa es del equipo de arquitectos por hacer un diseño inhumano y predestinado a convertirse en ghetto…

Pocos se han molestado en preguntar a sus recién desahuciados habitantes pero quienes lo han hecho han encontrado otra posibilidad: el mantenimiento ha fallado desde el día 1.

La vida se degrada en los edificios carentes de mantenimiento

Y es que los edificios fueron pagados enteramente con fondos públicos (y como hemos dicho de forma generosa) pero lo que no fue previsto fue su mantenimiento. Este tendría que salir de las cuotas de los propios inquilinos pero estos son demasiado pobres y los alquileres demasiado bajos como para pagar el pequeño ejército de técnicos que haría falta para mantener los ascensores funcionando, los incineradores limpios, la basura recogida, las bombillas siempre brillando.

Simplemente no hay dinero para casi nada de ello y desde los primeros meses el buen hacer de los vecinos, entre los que a pesar de la leyenda urbana hay un gran sentimiento de comunidad, se ven sobrepasados por la infinidad de tareas. Empieza con un desconchon en la pared que no se repara y se convierte en una humedad durante el invierno, sigue con un ascensor que pasa dos meses averiado dejando sin servicio cinco planas del edificio J, y termina en basura entre la maleza que cubre los parques, coches calcinados y robos a punta de navaja en pasillos sin luz. Suma todo y tienes los ingredientes para un cóctel terrible.

Sus habitantes lucharon por el barrio pero la batalla era casi imposible de vencer.

El plan inicial parecía tener sentido: después de la Depresión mucha gente vivía en barrios degradados del centro, entre la mugre, y el crecimiento de la población es tan fuerte que se espera alcanzar el millón y medio de personas en apenas diez años.

Con los barrios degradados ya hemos visto en otros episodios qué ha pasado pero diez años después la población no sólo no está cerca del millón y medio, sino que ha disminuido en casi 200.000, la mayoría de ellos parte de ese White Flight de clases medias blancas a suburbios en las afueras, más allá del límite de la ciudad. Suburbios fuertemente subvencionados por la misma ley que permite construir complejos como el Parrot-Inger. Así que ahora sobra espacio, las viviendas están vacías, la gente que podría pagarlas y dejar impuestos para mantenimiento se ha ido y la que queda vive asfixiada.

El Estado ha intentado desde los tiempos de la Gran Depresión paliar una carencia básica: la iniciativa privada ha sido incapaz de construir vivienda asequible y a la vez rentable. Pero por el camino ha fracasado a su vez, dejando detrás un reguero de fracasos, corrupción, barrios destruidos y comunidades deshechas.

Movido al principio por la buena intención, el sistema asistencial americano de ayuda a las rentas, cupones para comida y subvenciones se ha convertido rápidamente en un sistema de control en el cuál para conseguir acceso a estas ayudas debes subordinar tu vida totalmente a criterios absurdos. Por ejemplo, existen varias ayudas para familias que quedan automáticamente canceladas si hay en el hogar un hombre adulto, lo que lleva a la formación forzosa de familias monoparentales y a mentir a los agentes cuando el padre viene a visitar a la familia, forzado a vivir en un apartamento distinto.

Una vez metida una familia en esta rueda resulta casi imposible salir, pues se crea una barrera en la que cualquier mejora mínima te hace perder acceso a ayudas sin las cuales aún no tienes capacidad para salir adelante. Caridad institucionalizada y tejido social roto.

 

SE PUDO HABER HECHO MEJOR

 

Charles Jencks escribió poderosos párrafos a raíz de la demolición del complejo de Parrot-Ingers. Visiblemente satisfecho, lo calificó como “el fin de la Arquitectura Moderna”, liberó todas sus manías personales y aprovechó para presentar la “nueva arquitectura”, el postmodernismo.

Todas estas declaraciones deben ser tomadas con absoluto recelo pues pertenecen al mismo grupo que los escritos de los artistas renacentistas describiendo la “edad oscura” que les precedía, necesaria para mostrarse a si mismos como “la nueva luz”.

La arquitectura y el urbanismo son fuerzas poderosas en la sociedad pero, por suerte o por desgracia, son mucho menos influyentes de lo que algunos querrían creer. Abundaremos en esto más adelante pero la verdad es que si podemos aprovechar la ocasión para señalar algunas características poco deseables que nos trajo la arquitectura moderna. Ojo: pocas de ellas tienen que ver con el aspecto, con si los edificios eran más o menos bonitos, con si nos gusta más una entrada porticada con columnas dóricas o un ventanal de vidrio con estructura de pilares. Buceemos un poco por debajo de eso, más allá del hormigón y el acero:

Un primer aspecto definitorio del siglo XX es la privatización del espacio público. En inglés se utiliza un término, enclosure, para describir los cierres de los terrenos comunales en las ciudades inglesas durante los siglos XVIII y XIX. Fue un proceso de sistematización de tierras de cultivo históricamente comunales, su parcelación y cercamiento para pasar a convertirse en un bien transferible y tasable. Si bien es posible que la producción masiva de alimentos requiriese de esta reorganización por el camino fue destruida toda una forma de subsistencia y vida rural que empujó a miles de campesinos a las ciudades a servir como mano de obra barata en las fábricas.

Pues bien, en el siglo XX se ha producido un proceso semejante con el espacio público. Un esfuerzo sostenido para desplazar las actividades humanas como el comercio, el ocio, el descanso y la socialización desde los espacios públicos (plazas, calles) a espacios controlados y cerrados (centros comerciales, galerías, mercados, galerías subterráneas). No es un cambio menor y si os paráis a pensar ha sido un éxito rotundo, millones de personas realizan gran parte de sus actividades en estos lugares y la arquitectura y el urbanismo han hecho todo lo posible por quitar atractivo a los espacios tradicionales, conducir a la gente al interior de los nuevos y evitar que salgan.

Los primeros espacios comerciales privatizados en USA

En Fordstable se construyó el primer gran centro comercial en 1961, ayudado por nuevas leyes federales que hacían mucho más rentable y con menos impuestos este tipo de construcción (oh, que sorpresa), en pleno proceso de White flight. La Europa Galleria, hoy en día una ruina abandonada en los años 2000, ayudó a consolidar Ciudad Jagelon.

Europa Galleria, el primer centro comercial moderno de Fordstable

Pero este nuevo tipo de vida contribuyó a potenciar otra característica: el aislamiento. Posibilitado por el vehículo privado, pronto no fue sólo el comercio el que se organizó en islas remotas dentro de cajas blancas a las que era imposible acceder andando. Las universidades formaron células autónomas, los Campus. Los puestos de trabajo industriales pasaron a estar en “polígonos” rodeados de autopistas. Las oficinas empezaron a migrar a “parques empresariales”, junto con laboratorios o complejos museísticos. El caso más evidente es el Pentágono, uno de los edificios singulares más grandes del mundo, que extrajo miles de trabajadores de la ciudad y los situó en una fortaleza en mitad de la nada. Las viviendas no tardaron en seguir este camino y empezaron a organizarse urbanizaciones cerradas, separadas de la ciudad.

Una mezcla de políticas fiscales que incentivaban esto, terrenos más baratos, el que ello fuera posible gracias a las masivas subvenciones al coche y la paranoia general tanto del Gobierno como de los ciudadanos por la “seguridad” llevaron a esto. A quienes se quedaron en la ciudad les quedó poca cosa: comercio menguante, trabajos lejos de casa. ¿Quién querría quedarse en la ciudad? Sólo quien no podía permitirse irse.

Además estos cambios fueron llevados en macrooperaciones, desapareciendo prácticamente el pequeño grano tradicional y siendo reemplazado por operaciones de economía de escala, algo a lo que en arquitectura nos referimos como Bigness.

El mayor edificio del mundo. Concentración, aislamiento, paranoia.
La distopía urbana definitiva.
El centro de Albany, monumento al César

Nada más propio de la arquitectura Moderna que el megaproyecto, ya sea urbanístico, de edificación, de vivienda. Macro barrios, grandes desarrollos, gigantescas torres en la nada. En los planos de Corbusier, Mies o Wright destacan los edificios como nadando en un mar de indefinición, torres de vivienda en un mar de “espacio”, ignorando a posibles vecinos con todas sus fuerzas, rechazándolos. La medianera como pesadilla a evitar. Porque cada edificio es concebido como una obra de arte, a niveles que no se habían visto desde Luis XIV y Versalles.

Plan para nuevo campus universitario en Fordstable. Por suerte no terminó de convencer.

Otro aspecto interesante es la conocida frase “menos es más”. No tiene nada de malo en si misma, y como reflexión en el contexto del diseño es sumamente interesante. Pero a la vez, en cierto sentido, “menos es más” se convirtió gradualmente en “menos es más… barato”. La simpleza de formas y la claridad en el diseño fueron una excusa fenomenal para rebajar los estándares de construcción y de diseño, la arquitectura común se abarató. Donde los grandes capitalistas de principios de siglo XX habían construido (por supuesto para alimentar su ego) grandes obras como el Empire State, el Rockefeller center o la Station Tower en Fordstable, que siguen adornando los centros de las ciudades, la economía de corporaciones del siglo XX se encontró muy cómoda en pobres y anónimas cajas de acero y vidrio, clónicas, reemplazables, intercambiables. El concepto de lujo quedó reemplazado por “pegar mármol caro a una pared con silicona”, la ciudad como obra de arte colectiva se deterioró.

Siguiendo esta estela las viviendas de la gente no podían ser diferentes, y aquí la acción de los gobiernos hizo mucho por promover una estandarización que es casi inseparable de las grandes operaciones centralizadas como la vivienda pública. Simplemente es imposible conseguir la complejidad de una ciudad tradicional construida mediante capas y siglos de historia en forma de pátina cuando planeas un barrio entero en 10 semanas dentro de una oficina. Imposible de proyectar, imposible de controlar, la economía hace que la salida natural lleva a barrios donde se construyen 50 edificios exactamente iguales uno junto a otro. La muerte de la intimidad y del espacio privado y propio.

Incluso cuando arquitectos como David Lynch afirmaron preocuparse por el carácter de los lugares, el detalle y la escala humana, a menudo todos esos buenos deseos no pasaron de ser vagas intenciones nunca materializadas y sus proyectos urbanísticos terminaron siendo un conjunto disforme de edificios esparcidos aquí y allá. Aprisionado por su propio concepto de tener que ser “científicos” los urbanistas inventaron todo un nuevo y pedante lenguaje lleno de florituras, flujos, relaciones, sistemas o “espacios tridimensionales abiertos”. La mistificación del diseño, convertido en una especie de arte arcano que con los debidos rituales crípticos recibe finalmente la iluminación en forma de plano urbanístico. Su legado: puro papel.

Pero todo esto no habría sido posible sin un último impulso, una especie de locura colectiva que afectó al mundo en este siglo: la compulsión de aniquilación, la tábula rasa, el adanismo de pensar que todo lo anterior había sido realizado por hombres inferiores y estúpidos, que por fin habíamos visto la luz y que habría sido inmoral no difundir y ejecutar este nuevo mensaje. Las ciudades se lanzaron a su propia destrucción con una furia increíble, a ambos lados del Atlántico, desde Chicago hasta Gijón, De Estocolmo a Fordstable, seguro que todos conocéis casos de pedazos enteros de ciudad arrasados en nombre del progreso.

Tabula Rasa. Arrasemos con todo.

I believe its destruction would be a small price to pay for turning its deep site into a handsome garden – Robert Moses

Por supuesto siempre hay también intereses económicos pero eso es una constante. Para que se materialicen de esa manera tiene que haber una cierta predisposición mental, un espíritu de nuestro tiempo que haga que las élites y la gente normal acepte esto.

Porque el dinero por si mismo no sirve para explicar por qué hace 40 años se derribaban palacios en los cascos antiguos y ahora se restauran cochambrosas fábricas de las afueras para convertirlas en centros de artes hípster.

 

EL PAÍS QUE ODIABA SUS CIUDADES

 

América ha tenido y tiene grandes ciudades, algunas de las más importantes del mundo. Nueva York, Chicago, Boston, todas son titanes urbanos en el ranking global. Pero en su seno hay, desde el mismo comienzo, un impulso urbano muy fuerte.

En el fondo es un país construido por y para un tipo de ciudadanos: el pequeño propietario rural independiente, autónomo, viviendo en su propia casa, en sus propios terrenos. La arquitectura básica del país sigue ese modelo y es algo que está muy dentro de ellos. Cuando llegan todas las tendencias del Movimiento Moderno desde Europa se encuentran en realidad el terreno abonado, lo cual explica por qué se desarrollan mucho más rápido que en Europa.

Hablamos a menudo del urbanismo de Le Corbusier y del CIAM, que han marcado las ciudades, pero olvidamos una propuesta que ha definido todo el resto del espacio habitado: Broadacre City, de Wright.

Broadacre City, la ciudad para acabar con la ciudad.

Frank Lloyd Wright veía ante si una ciudad infinita, de costa a costa, sin centro ni periferia. Un continuo mar de viviendas unifamiliares aisladas, organizadas en células. No granjeros, claro, sino profesionales modernos que irían a su trabajo en sus coches o en helicópteros personales. La disolución absoluta de la ciudad moderna, que él odiaba con fuerza y consideraba enfermiza y corrupta. (un quiste fibroso en el cuerpo sano, decía)

La enorme maqueta que Wright hizo construir

Y en efecto, esto es lo que tenemos, en cierta medida. ¿Qué es si no el “sprawl”, el mar de viviendas suburbiales que es Estados Unidos? Un mundo sin centro, sin sociedad, furiosamente individualista (aunque Wright imaginaba una especie de sociedad comunitarista con un gobierno sabio regulando).

En realidad la historia del urbanismo ha sido una de disolución, no una de construcción, interrumpida por extrañas épocas de aglomeración urbana como cuando emigraron millones al país, durante las guerras mundiales o durante el periodo del City Beautiful. Pero quizá sean excepciones.

¿Alguna duda sobre qué modelo está más cerca de ser realidad?

FRENTE AL ESPEJO DE EUROPA

 

Hemos hablado ya de muchas cosas que explican la evolución de la ciudad americana. Hemos pasado por la desindustrialización de los centros urbanos, por la emigración masiva desde el sur, las crisis económicas, las subvenciones federales de todo tipo a un modelo de ciudad suburbana para la clase media blanca. Pero todo esto sólo explica una parte. Porque al otro lado del mar las naciones europeas han pasado por procesos si no iguales si comparables. El resultado, sin embargo, ha sido bien distinto.

Las ciudades americanas han seguido el modelo conocido como “de anillo”, en el cual el deterioro de una capa concéntrica de la ciudad es prácticamente inexorable una vez que empieza. Las capas interiores quedan descapitalizadas, sin ciudadanos, sin base fiscal, sin servicios. Se degradan y caen en un proceso que se retroalimenta. Son ciudades tan modernas, tan nuevas, que no importa realmente este o aquel pedazo de ciudad. En cambio, las ciudades europeas estaban mucho más asentadas. Ya existe en ellas una clase dominante alta que vive en ellas desde hace decenios, el valor del suelo en el centro es demasiado elevado como para que se instalen fábricas durante la revolución industrial. Las estaciones de tren se construyen en los bordes de las ciudades de la época, aunque ahora nos parezcan céntricas.

Cuando París está gentrificando su centro con las operaciones de Haussmann en 1860-70 en Chicago, Nueva York o Fordstable se están construyendo en su mismísimo centro ghettos de inmigrantes paupérrimos trabajando en fábricas que están en sus mismos barrios. Las condiciones de la clase obrera no son mejores en Europa, más bien al contrario, pero cuando el proceso de degradación del territorio y expansión comienza las ciudades americanas no tienen ningún ancla, nada que impida que estos anillos concéntricos se formen.

Gentrificación del centro de las ciudades europeas en el siglo XIX
El centro de las ciudades americanas en la misma época.

En algún momento de los años 20 se da la masa crítica necesaria, mezcla de antiurbanismo, capitalismo, modernidad, cambio de modelo económico y crisis y el tejido urbano se rompe, quizá para siempre. Los siguientes 50 años son sólo una continuación del proceso.

Pero debe entenderse una cosa. Detrás de esto hay a veces racismo, egoísmo, intereses económicos… pero no hay una conspiración. No hay una gran mente deseando destruir las ciudades. Es la compleja interrelación de todo la que lleva a hoy en día.

 

LA CIUDAD DEL MIEDO

 

Desde principios desde los años 60 hasta los 90 el crimen en las grandes ciudades americanas creció de manera galopante. En Nueva York los atracos se multiplicaron por cinco en unos años, el número de crímenes pasó de 3 millones anuales en 1960 a 14 millones en 1988. Subidas del 300% y del 400% en ciertos delitos. Hay muchas explicaciones para esta oleada pero no hay duda de que la destrucción de comunidades estables en los 50 y la deshumanización de grupos de población ayudó. De la misma manera que la inmunidad de grupo protege la salud de todo el mundo, un cierto nivel de bienestar y estabilidad para todos es conveniente para que el conjunto pueda desarrollarse. En Estados Unidos se cebó particularmente con las comunidades jóvenes negras, donde encontramos enormes bolsas de desempleo y desesperanza. En ciertos momentos en Parrot-Ingers se llegó a contar hasta un 60% de jóvenes adultos desempleados, marginados en su barrio-ghetto, sin capital ni contactos, criados en familias sin padre (que recordad, el estado había separado forzosamente) y en un ambiente de violencia en el cuál no podían mostrar la más mínima debilidad. Así se llenó el país de criminales y bandas, gente a la que resultaba imposible salir de la rueda quisiesen o no.

Habían llegado en un mal momento de la historia. Es verdad que los inmigrantes judíos, irlandeses o italianos lo habían pasado mal y habían sido fuertemente discriminados también. Habían sufrido racismo y odio (no penséis que los italianos o irlandeses eran vistos como “blancos”). Pero habían tenido la suerte de llegar en un momento en el que era fácil encontrar trabajos “de entrada”, sin casi formación requerida y que, aunque duros, permitían ir construyendo. Las industrias textiles, los puertos, los mataderos, las siderurgias… toda la industria emergente y situada además en las mismas ciudades. Ahora, en cambio, había cada año menos empleos industriales, los que quedaban estaban fuertemente controlados y la desaparición de la necesidad de estar en el centro gracias a los coches y camiones había llevado a las empresas a distancias imposibles de recorrer sin coche propio.

A día de hoy, a otra escala, siguen dándose estos problemas incluso en Europa, en los barrios periféricos, las Banlieue, los polígonos… no somos ajenos. Es sólo que en Europa no viven en el centro de las ciudades. Pero no menospreciemos el riesgo de masas de gente poco queridas y con pocas opciones para salir adelante, de grandes masas educadas para trabajos de poca cualificación a las que la sociedad les dice a la cara “no tienes ninguna función aquí”.

Jimmy Carter visita Charlotte Street, en Nueva York. No hizo falta una guerra para destruir las ciudades.

En 1961, Nueva York tuvo déficit en sus cuentas públicas. Vaciada de su clase media, la situación empeoró cada año. Para 1975 la deuda era de más de 1.500 millones de dólares y la ciudad se disponía a quebrar mientras el sur del Bronx y el este de Brooklyn ardían, con 167.000 incendios provocados sólo en 1977.

La sociedad no permaneció sorda a todo esto. Hubo muchos y buenos ejemplos de iniciativa comunal, colaboración entre blancos y negros, preocupación en los medios. Pero nadie daba con la receta adecuada. Nueva York fue rescatada aunque por un tiempo se barajó dejarla caer para dar ejemplo, pero en seguida otras voces clamaron por un “Plan Marshall” interior.

El Renaissance Center. Construido para intentar regenerar Detroit, su escala absorbió las últimas actividades que quedaban en el downtown y terminó de hundirlo.

Puede que Vietnam sea un trauma nacional pero, en mi opinión, este es el gran fracaso americano del siglo XX. Un fracaso consigo mismo, interior. La desintegración de sus propias ciudades en un remolino de fuerzas que no podían ser controladas ni comprendidas. Todo lo que se intentó salió mal y, al final, se tuvo miedo de seguir haciendo nada más.

 

¿HAY LUZ AL FINAL DEL TUNEL?

 

¿Hay alguna señal de que este proceso se vaya a detener? ¿Tiene alguna esperanza la ciudad americana, o todo está perdido?

Bueno, quizá haya algo, al fin y al cabo. A nivel global está claro que el modelo del Mundo Moderno ha terminado. Podemos resistirnos más o menos, llegará a unos lugares antes y a otros después. No todo lo que trajo desaparecerá. Pero la sólida concepción de que el mundo y la vida son un problema científico, parametrizable, estudiable y para el cual se puede encontrar una solución racional óptima ha muerto.

La arquitectura y el urbanismo no van a arreglar la sociedad. La ciencia no traerá la felicidad como respuesta a una ecuación. La promesa de futuro está rota y no se confía en ella como antaño. No estoy juzgando, no estoy criticando o prefiriendo una época sobre otra. Es, simplemente, cómo son las cosas.

Y en lo que concierne a la ciudad, la sociedad actual podría estar dando pasos en otra dirección. Los arquitectos, los periodistas, las universidades hablan ya de otras cosas. Es fácil encontrar críticas contra los rígidos sistemas de zoning, hay movimientos para revocarlos y volver a construir viviendas plurifamiliares, o barrios mixtos.

Uno de ellos es el movimiento conocido como “New Urbanism”. Es un movimiento principalmente conservador, promovido por arquitectos como Andres Duany. Un movimiento con fondo melancólico que añora las “viejas comunidades”, el sueño americano del propietario de una tienda que trabaja honradamente, la comunidad cerrada de conocidos que se cuidan entre si y donde puedes confiar en tu vecino. Se ha logrado la “casa en la pradera y 10 acres de terreno”, dicen, pero se ha descuidado el “se tu propio jefe”.

El transecto, la transición del centro denso al mundo rural según el New Urbanism

Y para recuperar estas comunidades utópicas sus enemigos son precisamente las leyes de zoning y otros instrumentos mencionados. En su lugar promueven el diseño mediante categorías de intensidad, zonas donde una vivienda unifamiliar puede convivir con un pequeño comercio mientras que una gran superficie lo hará con una torre de apartamentos. Se habla de nuevo de corredores verdes, de espacios que se puedan recorrer andando o en transporte público.

Uno de los primeros experimentos fue la ciudad de Seaside, que seguro conoceréis porque es el escenario de “El Show de Truman” (en efecto, es una ciuda real, no un decorado). La película la presenta como un entorno distópico, y desde luego que lo es en muchos aspectos: una ciudad que se siente falsa, con una comunidad absolutamente homogénea y unas directrices muy estrictas de cómo la gente debe vivir, cortar su césped, pintar su casa.

El centro de Seaside, urbano, peatonal, accesible. Nos puede parecer hortera pero hay que valorar lo que significó en el contexto urbano americano ahora que lo conocemos.

Pero si vemos más allá, es una de las primeras urbanizaciones americanas en las que se puede caminar, en la que hay plazas, mercados populares, comercio… todo cerca del lugar en el que vives.

Es una interpretación conservadora de las ideas de Jane Jacobs o Christopher Alexander y si bien puede no gustarnos como mínimo se debe reconocer que existe este nuevo impulso. Y cada año es más fuerte, la juventud vuelve a los centros de las ciudades buscando barrios caminables y comercio cercano, sensación de continuidad.

Propuestas de nuevos modelos de manzana
Modelos tradicionalistas típicos del New Urbanist. Nos comeremos falsas columnas de escayola pero al menos volvemos a edificios mixtos.

Por otro lado, muchas ciudades han terminado aceptando el daño que las autovías han hecho en las ciudades. Ahora hay que reintegrarlas, re-civilizarlas. En Portland o San Francisco se han deshecho de ciertas partes. En Minneapolis se trabaja para unir barrios separados. En Seattle las cubren con parques. En Boston han terminado hace unos años de soterrar su arteria central en una operación que ha costado miles de millones. Otras pueden ser convertidas en boulevares con menos carriles, con velocidades reducidas que no tienen un gran efecto sobre el tiempo en distancias pequeñas.

El Big Dig de Boston, una operación semejante a Madrid Río

En todos los casos es un reto de ingeniería colosal y para algunas ciudades como los ángeles, sin anillos de circunvalación, quizá no sea ni siquiera posible.

De Europa han llegado tendencias como los badenes y otros elementos para “calmar el tráfico, o los pavimentos diferentes en el centro, incluso rotondas, durante tanto tiempo consideradas “antiamericanas”. El urbanista Oscar Newman habla de los “espacios defensibles”, zonas del tamaño y proporción adecuada para que la gente que vive en ellas las tenga “bajo control”, el mismo motivo por el cual es más peligroso el espacio de las viviendas en pasarela que el de los rellanos de escalera tradicionales, aplicado al espacio urbano.

En suma, si, hay esperanza. Las ciudades se están regenerando en cierta medida y sus barrios empiezan a crecer de nuevo, incluso más allá de las grandes capitales.

Aún quedan enormes zonas en Fordstable completamente abandonadas, aparcamientos o incluso bosques como el que ha surgido en la antigua ubicación de Parrot-Ingers. Pero al menos la tendencia ha cambiado.

Propuestas historicistas de regeneración de barrios. Las ideas dominantes han cambiado.

 

EL URBANISMO ES PODEROSO. EL URBANISMO NO NOS SALVARÁ

 

Ha sido un largo recorrido por la historia de Fordstable. Su evolución desde pueblucho maderero hasta la semi-vacía ciudad postcapitalista de hoy, pasando por el coloso industrial de los 40, ha dado para muchas historias.

La bestia está herida, pero no muerta. El ser humano seguirá probablemente juntándose en ciudades siempre, aunque estas podrían ser irreconocibles para nuestros abuelos. Ni siquiera existe un único tipo de ciudad simultaneamente, y el modelo americano es sólo uno de tantos, diferente del europeo, del asiático, de las ciudades de chabolas de lata. Quizá se pueda contar algo de ellas en otro momento.

El siglo XX trajo un tipo de arquitecto y urbanista que creyó por primera vez en la historia poder cambiar el mundo con su trabajo. Arrastrado por esos delirios de grandeza grandes horrores fueron perpetrados. Pero sería un error culparlos sólo a ellos, esa es de hecho una explicación demasiado fácil y conveniente. Lo cierto es que todo ello sólo fue posible porque consolidó tendencias que ya existían en el modelo social y económico de cada época. La arquitectura es poderosa, pero no tanto. Ni pudo nunca salvar el mundo, ni pudo destruirlo. Y gran parte de la decepción con el movimiento Moderno vino, precisamente, de comprender que la arquitectura por si misma no era suficiente. El mejor edificio no acabaría con el racismo. El mejor plan urbano no podría contra la especulación. Ningún departamento de diseño sería más poderoso que los miedos irracionales de la gente. Y la arquitectura, aún basada en la razón, no es ni será nunca una ciencia exacta, pues no puede quitarse de encima el lado humano que hace que toda gran operación urbana sea, a la vez, política.

Fordstable ha pasado cincuenta años muy malos. Pero hoy, en siglo XXI, incluso después de la gran crisis del 2007, hay esperanza.

Una de las propuestas para el antiguo emplazamiento de Parrot-Ingers. Vuelve la ciudad.

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