Brunelleschi, el arquitecto moderno – II

Roma, vista siglo XV

(por si te perdiste la anterior, está aquí)

Preparando el asalto

 

No sabemos qué opinión tendrían los habitantes de Roma de los dos chavales que llevaban tres años revolviendo piedras y dibujando ruinas entre los animales que pastaban entre los templos derruidos del Foro. Si sabemos que estaban convencidos de que eran “buscadores de tesoros”, practicantes de geomancia buscando riquezas del pasado perdidas.

Junto con su buen amigo Donato, que con apenas tenía 20 años ya tenía una reputación como orfebre y escultor, Filippo dibujó todos los edificios que encontró. Estudió los templos circulares y los cuadrados, los obeliscos y los acueductos, los baños y las basílicas. Se interesó por los sistemas de las bóvedas y por los ensamblajes de hierro de las piedras y no dejó un solo sillar sin investigar.

Una idea grandiosa alimentaba este esfuerzo: sería él quien traería de vuelta las glorias de Roma al presente, dejando atrás la tediosa arquitectura bárbara propia de los lombardos y los tedescos. Si era capaz de revolucionar las maneras de construir se ganaría un hueco en la historia junto a leyendas como Cimabue o Giotto. Porque sobre todas las cualidades que desarrolló en su vida Brunelleschi siempre destacó su enorme ego, su necesidad de protagonismo.

Ejemplo de la “repulsiva” arquitectura Lombarda de la que Filippo nos quiere salvar, Santa Maria Maggiore en Lomello. Hubo vida antes del Renacimiento

Hay que comprender la época, por supuesto. Estamos en el siglo XV, y lo que ahora conocemos como capitalismo llevaba cerca de dos siglos desarrollándose y tomando forma. La clase comercial ha crecido y se ha enriquecido, su poder material es evidente, pero no tiene el reconocimiento que creen que merecen. La sociedad aún se articula en tres estamentos: el clero, la nobleza y el resto, el populacho. Es una sociedad comunitarista, colectiva, y el papel de los comerciantes de especies y telas en este mundo no es más importante que el de un labrador o un carnicero.

Uno pensaría que bueno, que el dinero les daba poder de facto y que no serían nobles pero podían comprar lo que quisieran, pero eso es una lectura actual, desde un mundo moldeado precisamente por ellos. En el año 1000 la economía europea está prácticamente en pañales, el sistema financiero es casi inexistente y acumular piezas irregulares de oro en cofres tiene mucha menos importancia que ser el señor de 10.000 almas entre las que reclutar soldados, 2000 cabezas de ganado que comer en invierno o miles de hectáreas de tierras que cultivar. Y en un principio no era tan sencillo simplemente comprar el estatus pues ¿quién intercambiaría sus tierras o posesiones por monedas? ¿Para comprar qué, y en qué mercados?

Pero en 1400 la situación es muy diferente. Desde la revolución económica del siglo XII tenemos mercados de todo tipo, ferias anuales donde se venden productos que vienen de España, Flandes, Champaña, Inglaterra o las ricas ciudades orientales. La producción ha empezado a sistematizarse y los talleres de tejidos crecen y empiezan a organizarse de forma racional y la nobleza, a medida que su papel guerrero disminuye, empieza a sentirse amenazada. Por toda Europa los ciudadanos consiguen cartas de privilegios; los reyes tienen que ceder y otorgar constituciones y reunirse en parlamentos; las ciudades se hacen más ricas y banqueros y comerciantes empiezan a ser imprescindibles para cualquier empresa de cierto tamaño. Vale, la Iglesia formalmente sigue condenando la usura, pero siempre encuentran la manera de seguir con su actividad, entre otras cosas porque la Curia necesita también de esos servicios.

En este nuevo mundo la incipiente nobleza mercantil quiere distinguirse y conquistar la dignidad que durante tanto tiempo se le ha negado. Se casan y emparentan con linajes antiguos, apadrinan artistas que deslumbren al mundo, se hacen retratar y se construyen palacios fabulosos.

Emblema del Arte de Calimala sobre San Miniato

Decíamos pues que los mercaderes habían luchado muy duramente por conquistar una nueva posición social. Y nuestro amigo Brunelleschi es la encarnación de este mismo movimiento entre los artistas. ¿Los artistas? ¡Por supuesto! No olvidemos un detalle: en su tiempo los artistas están agrupados todavía en gremios junto con otras profesiones, los “Artes”. Entre las Artes mayores y las medianas tenemos, por ejemplo, a los canteros, y herreros.

Otros, en cambio, están en artes “menores”, reunidos según criterios “curiosos” que terminan con combinaciones como poner a los constructores de herramientas  junto a los cerrajeros, a los escultores en madera en comandita con los carpinteros, y a los pintores agregados desde 1316 con los médicos y boticarios (por los métodos que utilizan para obtener sus pinturas), y estos a su vez en el “Arte de la Seda”.

Sin embargo, desde Cimabue los pintores había conseguido ser reconocidos como expertos de un nivel superior, a la altura de poetas y literatos, formando ya parte de las “bellas artes”.

¿Y los arquitectos?

Los arquitectos, ni agua. No son más que maestros de obra, no muy diferentes de un carpintero o un escultor, y desde luego no más importante. Nadie en su sano juicio vería en el año 1300 una catedral gótica y diría que la “proyectó” un arquitecto con nombre y apellidos.

Brunelleschi, por supuesto, no puede soportar esto. Y la lucha por salir de esta incierta gloria y conseguir el reconocimiento que cree merecer será el gran objetivo de su vida.

 

más emocionantes aventuras en la tercera parte

La ordenación del Nuevo Mundo – I

Cuestiones de lindes

 

“Y habiéndose tomado por ello la derecera por los rumbos de las calles, se midió desde la barranquilla donde bate el agua del río, la tierra adentro, la legua de largo que señaló y dio el fundador para el dicho égido, y se puso un mojón junto al camino real que va al Monte Grande. Y acabada la dicha legua, se puso otro mojón, que vino a caer en frente del Corral viejo de las Vacas. Y en este estado quedó por ser tarde.”

 

Mas claro agua, ¿no?

Así ha sido y son aún una considerable parte de las descripciones de lindes y mojones en las tierras de medio mundo. Si algún topógrafo esta leyendo esto le serán sin duda familiares descripciones que hablan de “el árbol que plantó Pepe después de la guerra”, o “la piedra con forma de vaca bajo la cual se ha enterrado a modo de testigo una moneda de 2 reales”.

Son frases casi sagradas, por las que se muere y se mata en un “no me toques las lindes” antiguo como el ser humano. Siglos de historia, herencias, compras y ventas y aventuras varias han creado un paisaje tortuoso con terrenos y campos de formas curiosísimas.

Y durante siglos más o menos ha funcionado este sistema de “hitos y lindes”. E incluso cuando se comenzó la colonización del Nuevo Mundo se trajeron estas tradiciones y los agrimensores llenaron libros y libros de registro con frases por el estilo. Pero en el siglo XVIII, en la novísima República que ahora conocemos como Estados Unidos, algo iba a cambiar.

Enfrentado a un reto único y sin precedentes un hombre, armado con la razón y con una idea muy clara de lo quería conseguir cambiaría totalmente las antiguas tradiciones. Hablamos, claro, de Thomas Jefferson.

En seguida pondremos un poco de contexto.

 

puedes continuar con esta historia aquí

 

Abel Map, primer mapa de los Estados Unidos después de su independencia, 1784

Brunelleschi, el arquitecto moderno

Brunelleschi, perfil bueno

 

I – Sacrificio

 

Los magistrados de la ciudad esperaban una respuesta.

Había sido invitado a uno de los mayores honores que a los que se podía aspirar en ese momento en la ciudad, realizar los paneles de las nuevas puertas del baptisterio junto al jovencísimo Lorenzo, la más deslumbrante estrella entre los nuevos artistas de Florencia y principal rival profesional. Pero la esperada carta no llegaba. Filippo guardaba silencio.
Un año antes el Arte di Calimala, el poderoso gremio de rematadores y comerciantes de telas que junto con otros gremios dominaba la vida de la urbe, había patrocinado un concurso entre los más prestigiosos escultores de la Toscana al cual fueron invitados Lorenzo Ghiberti, Jacopo della Fonte, Simone da Colle, Francesco di Valdambrina y Niccolò di Arezzo, además de Filippo Brunelleschi.

Semejante grupo, verdaderos galácticos de su tiempo, tenía como objetivo final demostrar el agradecimiento de Florencia por haber sobrevivido a las terribles epidemias de peste bubónica del siglo XIV pero también demostrar a todo el mundo las fabulosas riquezas de los mercaderes. Como se atesoraron estas riquezas es una historia que enlaza los mercados de Medina del Campo y Burgos, los puertos de Bilbao, Laredo, Southampton o Brujas y termina en las fábricas de Florencia, una historia verdaderamente fascinante que merece ser contada en más espacio.

Había pasado algún tiempo desde la hecha de entrega. Los jueces ya habían descartado a varios de los participantes por la calidad de las piezas presentadas, cuarterones de madera representando temas bíblicos o clásicos. Aunque todos eran grandes artesanos, la mayoría de los participantes no tenían demasiadas posibilidades. En efecto, no tardaron en seleccionarse dos finalistas.

La propuesta de Ghiberti era fantástica, una nueva cumbre artística. Naturalista y tallada en una única pieza, no hubo demasiadas dudas con él. Sin embargo la de Brunelleschi no se quedó atrás, y aunque algunos dijeron que su propuesta era demasiado moderna y estaba formada por fragmentos separados se decidió llamarle a él también para el trabajo. La idea era que compartieran encargo, esfuerzos y resultados. Para cualquier artista habría sido una noticia fabulosa y el principio de una exitosa carrera profesional. No para Filippo.  Por supuesto, se hizo el remolón un tiempo, cosas de la imagen pública, pero desde el principio tenía clara la respuesta que iba a dar.

Forzado a elegir entre ser reconocido como el “segundo elegido” y repartir el mérito con otro o buscar otra cosa en la que ser el mejor, Brunelleschi no dudó. Con falsa modestia se excusó, cediendo el mérito a quien “era mejor que él”, y declinó el encargo.
Ghiberti pasaría veintiún años trabajando en esas puertas que Miguel Ángel calificó como “dignas del Paraíso”, pero Filippo no se quedó para ver la gloria de su rival. Sin saber si la vida les haría cruzarse de nuevo, pocas semanas después vendió unas tierras que tenía y se marchó de la ciudad.

Tardaría casi cuatro años en volver.

 

puedes continuar la historia de Filippo aquí

Ghiberti Batisterio
Panel de Ghiberti
Brunelleschi Batisterio
Panel de Brunelleschi

En archē ēn ho lógos

Y al final se hizo un blog…

 

Quienes tienen la mala suerte de hablar conmigo más o menos a menudo saben ya a estas alturas que soy lo que se conoce en lenguaje técnico como “un maldito brasas”. Siendo la típica persona que te consigue colar en una charla entre cervezas algún dato absurdo sobre algún oscuro territorio tardomedieval o sobre la industrialización de la sardina en lata, hace años un selecto grupo de ciudadanos unió fuerzas para encerrarme en el oscuro sótano donde vivo desde hace 36 años.

Por suerte alguno de mis vecinos se dejó el wifi sin contraseña y gracias a ello he encontrado una herramienta más poderosa para atormentar a la población.

Ahora doy un pasito sin pretensiones y empiezo a dejar por escrito algunas de esas cosas que me ocupan la cabeza. No me considero experto en nada, aunque intento parecerlo con la esperanza de que algún día se me pegue algo. Como se supone que mi mundo es la arquitectura y el urbanismo escribiré principalmente sobre eso, pero es probable que ocasionales salidas de todo hagan aparición.

No miento nunca a sabiendas en estos textos pero es probable que me equivoque en cosas, y también que el lector no coincida con mi interpretación de la realidad. Las opiniones razonables y educadas son muy bienvenidas en los comentarios, y soy el tipo de persona a la que es posible convencer de algo (con paciencia).

Nadie se lee nunca las entradas de “Hello World!”, pero si has llegado hasta aquí te doy las gracias y espero que con tu apoyo este proyecto llegue a convertirse en una lectura agradable.

Vayan por la sombra,